miércoles, 27 de febrero de 2019

lo que marco mi vida fue que una ves por ahi de 2010 o 2012 yo vivia con mi mama en puebla y desde que tengo uso de razon mis papas estan separados mi mama se consiguio un novio pero lo diferente fue que el estaba preso ellos dos se amaban muchisimo nunca ahbia visto a mi madre tan enamorada como con el cuando fui a hacer visita para conocerlo senti como si el si fuera un padre era muy atento muy buena persona el se llamaba hector andres villagran ovando obviamente mi papa no sabia de esto y de las visitas que haciamos el era chileno segun estaba ahi por que era Zeta pero la verdad no se bien leei una parte se su historia en internet y dice que el el chile era de mucho dinero pero se fue chingando todo ya que se hizo adicto a la coca y bueno no se muy bien su historia ni la sabre.
  mi hermana lo queria como un padre yo igual el dia que mi papa descubrio que era su novio y que haciamos esas visitas me pregunto como se llamaba y pues como yo era muy inocente le dije todo lo que sabia dias despues le llego una demanda a mi mama to la custodia de yo y mi hermano ya que mi hermana solo es hija de mi mama no del mismo padre pues cuando paso eso se hizo un lio tuvimos que ir a la delecagion a declarar que sabia de el y que hacia obviamente yo dije lo que pasaba que yo lo queria mucho y que el era una persona muy buena a pesar de todo lo que hubiera hecho deje de hablar con mi papa como 2 o 3 meses por el enojo ya que el me uso para sacar informacion de el y demandar a mi mama.
despues de todo ese lio pasaron los meses y un dia mi mama llego mas tarde de la visita yo estaba jugando con unos amigos en la calle me pidio que entrara a la casa y me dijo que habian matado a hector los mismos policias que lo golpearon hasta matarlo obviamente el mundo se me fue encima me puse muy mal muy triste lo mas mediocre fue que declararon que le habia dado un infarto mientras estaba en su celda al otro dia trajeron el cuerpo a la casa para velarlo cuando yo lo vi me quede sin palabras me quede perplejo no sabia que pensar estaba todo golpeado con sangre signos de tortura es una de las cosas que me han impresionado mas en esta vida senti impotencia ya que se declaro que le dio un infarto y no todas las atrocidades que hicieron los policias 
ahora el testimonio que dio mi mamá
“Luisa, mandé a pintar la cárcel de palo rosa”, le dijo Héctor Villagrán un día por teléfono a su pareja. Cuando ella fue a visitarlo, el Centro de Readaptación Social (CERESO) de San Miguel, en Puebla, estaba pintado de fucsia.
“Tenía un sentido del humor excepcional. Era un hombre inteligente, un líder. Siempre fue rebelde y justo”, describe ella.
En el CERESO, Héctor Villagrán pernoctaba en el dormitorio ‘F’, donde estaban los reos vinculados a la delincuencia organizada. Era respetado. Le decían “Don Chileno” y tenía una celda para él, y un patio donde jugaba a la pelota y tomaba sol. Vendía cigarros y dulces. Había dejado las drogas. Estaba concentrado en su espiritualidad y practicaba meditación todas las mañanas. Luisa y sus hijos lo visitaban con frecuencia: “Le llevábamos pan amasado, pantrucas, y sopaipillas”, recuerda.
Cuando estaban juntos, Héctor le conversaba de sus planes. Quería cumplir su condena, comprarse una casa, vivir cinco años en México, y luego viajar a Argentina. Decía que no le costaba nada organizar una fuga, pero que esta vez quería hacer las cosas bien. “No deseo vivir a salto de matas”, le dijo en una ocasión.
El juicio, sin embargo, avanzaba con lentitud. “Ellos habían sido detenidos cuando operaba el sistema judicial anterior a la reforma, uno que era inquisitivo, y que tiene un esquema corrupto: te detienen, te torturan, te siembran drogas, armas, y te encierran”, explica un abogado que vio la causa. Apenas pudo volver a hablar con los fiscales, Villagrán aseguró que la primera declaración la dio bajo tortura. Sus palabras tuvieron poco peso frente a las de la policía y los secuestrados. A mediados del año 2011 le pidió al tribunal que lo excusara de asistir a las audiencias si no tenía que hablar: “Nos sacan muy temprano, desde las nueve de la mañana sin desayunar nada, y las diligencias son hasta la una o dos de la tarde. Es muy cansador el traslado”, se quejó.
La carpeta de investigación tiene un informe social y uno sicológico suyo. El primero establece que tenía una relación poco estrecha con su familia chilena y que en México pertenecía “a un nivel socio-económico bajo, sin bienes materiales, ni ahorros de los que pueda hacer uso”. En la cárcel leía libros, practicaba aeróbicos y escuchaba música variada. El peritaje sicológico, en tanto, lo describía como una persona manipuladora, egocéntrica, poco empática, y con inestabilidad emocional: “Proyecta una reducida capacidad para prever las consecuencias. Puede manifestar conductas violentas y tiende a ser oportunista”, dice el documento.
Por ese tiempo, cuando Héctor ya no creía en la justicia, le dio por escribirle cartas a Luisa. En una de ellas le habla sobre la luz y la oscuridad que ha rondado su vida y el amor que siente por ella: “Viajé muchos años por la vida buscando no sé qué, y cuando te encontré conocí la alegría, el amor y la sabiduría para entender lo hermoso que es tener una familia”. Luisa muestra unas fotos que se tomaron en la cárcel. Aparecen abrazados, sonrientes, mirando a la cámara. Héctor viste una camisa blanca abotonada hasta el cuello y pantalones color crema. Al fin, después de años de extravío, parecía haber encontrado un camino de redención. “Era otra persona”, aclara Luisa.
Sus problemas en la cárcel comenzaron en julio de 2012, con el cambio de administración del penal. El nuevo director llegó con mano dura contra Los Zetas. Villagrán, junto a otros compañeros, perdieron varios beneficios que tenían. La independencia fue lo que más le dolió. Fue trasladado a otro dormitorio, uno hacinado, donde compartió celda con ocho internos más. El lugar estaba completamente enrejado, sin patio, y el sol no alumbraba a ninguna hora del día. “Para él fue terrible. Tenía que compartir absolutamente todo, se acabó su intimidad. De a poco lo vi apagarse”, describe su expareja.
Sus quejas por las condiciones en las que vivía le trajeron problemas con los custodios. Se volvió frecuente que lo encerraran en el dormitorio “L”, una celda de castigo bastante particular: era completamente transparente, con luz artificial todo el día, y sofocante. “La jaula de cristal”, la llamaban los internos. Allí estaba Villagrán la madrugada del 26 de noviembre del 2012, cuando un grupo de al menos cinco gendarmes, apodados “Las vacas locas”, entraron a su celda para ajustar cuentas. Los presos vecinos escucharon los golpes y quejidos. Días más tarde, denunciarían que su compañero había sido torturado.
Al día siguiente, su hija fue la primera en llegar a la visita. La joven pasó todos los controles, pero al entrar en la celda no vio a su papá. Le avisó a Luisa, que estaba trabajando. Cuando llegó a la cárcel se encontró con las madres de los otros internos que salían. Una de ellas le entregó una bolsa con algunas pertenencias de Héctor: “Pregunte, investigue, no fue un accidente”, le dijo.
La noticia se la dio Juan Roberto Montes Romero, director del penal: “pues mire señora, a su esposo le dio un infarto y está muerto”, le lanzó sin rodeos. Luisa se puso como loca. No lo creía. Quería verlo, pero no se lo permitieron. La echaron del recinto sin decirle nada más. Aguardó en la puerta hasta que oscureció y cuando el cuerpo salió a bordo de la camioneta del Ministerio Público, regresó a su casa. Deshecha. Durante la mañana siguiente tuvo que reconocer el cuerpo: “tenía mordidas de perro, unos cortes en los muslos, hoyos en la frente, estaba lleno de moretones”, describe.
Parecía obvio que Héctor no había muerto de un infarto. Apenas cinco personas asistieron a su funeral. Luisa llamó a su familia en Chile, pero nadie viajó para saber de él. Les resultaba increíble que muriera en una cárcel. Era primera vez que escuchaban hablar de Los Zetas.
este es el testimonio que dio mi madre el nombre se cambio por seguridad
fuente: https://www.theclinic.cl/2017/09/25/la-turbulenta-vida-hector-villagran-obando-zeta-chileno/ 

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